En los últimos 50 años hay una tendencia universal a comer alimentos ricos en grasa, sal y azúcares. Se consumen demasiadas calorías, se abusa de las comidas rápidas y de las bebidas con alto contenido calórico4. Una dieta basada en grasas saturadas, azúcares y carbohidratos contribuye al aumento de peso y a la acumulación de grasa. Estos alimentos, además de ser altamente calóricos, suelen ser bajos en nutrientes esenciales, lo que provoca desequilibrios metabólicos y una sensación constante de hambre5.
Estos productos no solo aportan calorías vacías, sino que también alteran los mecanismos de regulación del apetito, haciendo que comamos más de lo necesario6. La falta de frutas, verduras y proteínas magras en la dieta dificulta la pérdida de peso y aumenta el riesgo de desarrollar enfermedades metabólicas7.
Para combatir este factor es fundamental educar a la población sobre la importancia de una alimentación equilibrada y fomentar el acceso a comida nutritiva. Cambiar nuestra rutina saludable no solo ayuda a prevenir la obesidad, sino que también mejora nuestra salud en general8.